VII

Somos un diario sin testigos, un recuerdo que dejaste en el olvido de mañana, un hecho no suceso, perdiéndonos en pasos que no se han dado aún, trazando destinos incompletos, viajando desnudos por lugares inhabitados, desiertos como el alma que portamos, vistiendo sólo miradas de deseo.

Somos una charla inconclusa, un poema que el poeta no puede terminar, una serie de puntos suspensivos desde que el tiempo se empezó a contar, la palabra que el profeta no dijo jamás; al mismo tiempo muerte y vida.

Vivimos una guerra sin tregua, librando batallas a cada segundo entre besos y caricias; pienso en ti sin recordar facción o aroma alguno, deseando más tu mente que tu cuerpo tan solitario como el alma misma detenida en el espacio de un respiro, pero no de cualquiera, sino de ese respiro total, absoluto y final que da un cuerpo al languidecer y volver a la tierra, ese respiro que se convierte en el último suspiro de una vida que lleva todas las voces nombrando sólo una palabra: las letras de tu nombre; ese suspiro que va más lleno de vida que de muerte.

Somos dos cuerpos imberbes caminando por la vida, bailando en la plaza o en un rincón del pensamiento de algún soñador que no quiere despertar, que no ve la realidad sino la palpa, la huele, la hace suya distorsionándola en su mente para rearmarla cual la desea, tan llena de luz, tan sincera, tan libre como la soporte o como los ojos de su amante lo permitan.

No somos más que dos demiurgos íntimamente ligados en el claroscuro de una vida, en las palabras que callamos, en el beso que nos une y los sueños que compartimos en la espera. Siendo uno la libertad del otro y la sinrazón que se vuelve todas las razones del planeta.

Dilapidé tu sombra para no olerte más, tu rostro para que dejaras de viajar por mi memoria, tus manos para alejar nuestros caminos; para poderme ir te enterré en mi pecho, te sepulté de aliento, me alejé de ti, te dejé ir tan lejos como te he tenido siempre; mis lágrimas brotaron y humedecieron mi vientre como si pensase en pájaros escondidos que de mis cabellos salen a beber la amarga vid.

23 de agosto de 2008

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