Le saqué las entrañas de apoco con los dedos,
las jalé por el ombligo mientras dormía.
Yo rompí en llanto.
Su sangre tiñó mi piel y mi mundo;
cogí su intestino, enredándolo en mi cuello.
Era una fría noche.
Y me lancé al vacío del acantilado de su pecho,
caímos abrazados por años
al abismo en que nos enamoramos.
Hoy, henos aquí, firmando con bilis,
sobre sueños podridos por la humedad de la entrepierna,
la muerte de ambos.
Emular el mundo ante tus ojos
Publicado por Ausencia en 0:51
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